The lights are off... { A. Watson }

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The lights are off... { A. Watson }

Mensaje por Nirvana E. Gubler el Jue Jun 14, 2012 5:55 pm

Ni siquiera sabía como sus pies la habían llevado allí arriba. ¡Qué diablos! Ni siquiera sabía que hacía un sábado de madrugada en el hospital cuando lo más probable es que estuviese prohibido para gente no autorizada o que acudiesen por alguna clase de urgencia. Pero allí estaba ella, en lo alto de la azotea sentada, abrazando sus rodillas a las dos de la madrugada, totalmente incomunicada del resto del mundo pues su teléfono había sufrido uno de los ataques de ira de la joven y había acabado estampado contra el suelo a demasiados metros de distancia como para haber sobrevivido. En su memoria volvió la imagen de aquel niño sonriente correteando tras una pequeña rubia mientras él gritaba que el monstruo la alcanzaría y ella se negaba a aceptarlo, gritando como si estuviese loca. Aquel día era especial, y no lo era porque el calendario indicase una de esas fechas en las que todo el mundo se volvía loco y celebraba algo que no tenía ningún tipo de sentido. Se trataba del cumpleaños de su hermano, aquel moreno que ella tanto quería. Para cualquier otra persona puede que un día como aquel hubiese sido especial con hacer una simple llamada pero Nirvana llevaba demasiados cumpleaños alejada de Robert, demasiado tiempo echando de menos al único hombre que realmente quería tener a su lado, echando de menos sus discusiones y peleas, esos juegos absurdos que solo ellos dos entendían.

El cielo parecía oscurecerse cada vez más y las nubes invadían el cielo, si la joven no estuviese ya acostumbrada al extraño clima de Boston diría que pronto la lluvia cubriría su rostro pero sabía que, como mucho, las temperaturas bajarían un par de grados y el viento movería las ramas más débiles de los árboles más grandes. Después de liberar sus piernas apartó su mochila, que siempre parecía acompañarla, y se estiró apoyando su cabeza en ésta. No era la posición más cómoda, pero tampoco podía quejarse pues las vistas eran más que magnificas. Durante un par de minutos logró olvidar el aniversario de su hermano mientras distinguía figuras en las nubes, pero acabó por cansarse. Todas le parecían diferente hasta que acabó por pensar que en realidad no eran más que oscuras nubes que su mente empeñaba en transformar en formas conocidas para así hacerla olvidar. – Esto sería mucho más divertido si Robert estuviese aquí – murmuró la joven dejando escapar uno de sus pesados suspiros y entrecerrando los ojos, dejando que miles de recuerdos invadiesen su mente.

Podía recordar a la perfección el ultimo cumpleaños antes de que ella se mudase a Boston, como la rubia había estampado la tarta contra la cara de su hermano y éste había corrido tras ella tratando de imitar el acto de la chica con un pequeño trozo que había conseguido salvar. Ambos acabaron en la piscina por culpa de su tío Rob, que siempre se las apañaba para hacer las cosas más divertidas. Mordió su labio y negó con la cabeza, la idea de volar de vuelta a Irlanda el próximo año para unas breves vacaciones apareció en su mente haciendo que la chica sonriese ampliamente como nunca lo había hecho desde que sus pies pisaron los estados unidos. Una idea alocada para una estudiante que a penas tenía dinero suficiente como para pagar su piso, pero estaba segura que sacaría dinero de donde hiciese falta para realizar ese viaje y volver a ver a su familia. Cruzó los brazos sobre su estómago y, con los ojos aún cerrados, disfrutó del viento refrescante que acariciaba su blanca piel bajo la luna llena.

Sabía que nadie podía encontrarse allí pero, ¿qué probabilidades había de que un helicóptero llegase a esas horas de la mañana? Tenían suerte si algún helicóptero aterrizaba allí arriba más de dos veces al años y estaba segura de que no lo haría esa noche. También dudaba que algún médico subiese a fumar, sabía que casi todos salían a la parte trasera del hospital pues si alguna urgencia ocurría se enterarían más rápido que si subiesen allí. El tiempo pasaba y a Nirvana parecía no importarle perder una noche de su vida allí, ni acabar con unas terribles ojeras al día siguiente. En aquella ciudad parecía imposible tener un momento a solas, un momento tranquilo en el que puedes pensar con calma y dedicarte a ser tu mismo así que cuando éste aparecía estaba completamente prohibido desperdiciarlo.








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