Stay out of my shoes if you know what's good for you. | Dredd |

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Mensaje por Callum D. Goebbels el Dom Jul 01, 2012 4:08 pm


Warf. Warf. El pedro ladraba de fondo, contenido por las delimitaciones del balcón, mientras el muchacho castaño insistía hundiendo el dedo en el timbre del interfono. Era la segunda vez que presionaba con fuerza ese botón, pero nadie respondía. Gruñó por lo bajo y se alzó las gafas de sol para separarse unos pocos pasos de la casa y ponerse de puntillas, alzando el cuello, tratando de ver algo que le indicara que no había acudido a la cita en vano. ¿Se había olvidado el dichoso reportero de que lo había citado? Más pendiente del reloj que de cualquier otra cosa, un intranquilo Callum demostraba la ansiedad que le causaba el no controlarlo todo. El viento soplaba con fuerza, emperrado en alzar aquel corto flequillo castaño y colocarlo a modo de cresta que le daba un aspecto más juvenil del que solía tener. El perro volvió a ladrar con más fuerza. Será pesado, pensó. – Warf a ti también, pulgoso. – Lo saludó sin entusiasmo alguno. Respiró hondo. Un pie escapaba de todo control y se movía nerviosamente, dando suaves golpecitos cada pocas décimas de segundo. Repiqueteaba el suelo con insistencia, esperando que el tiempo avanzara deprisa, a sabiendas de que cuanto antes empezara aquel encuentro, antes podría alejarse de la presencia de aquel condenado periodista que sabía más de lo que debería. ¿Pero dónde demonios está el tío?

Tras volver a colocarse correctamente las gafas de sol, suspiró con cierta ansiedad. Aquella mañana no había tomado la medicación de su madre. Había olvidado automedicarse con aquellas pastillitas mágicas que hacían desaparecer todo miedo a ser descubierto y, en consecuencia, se arriesgaba a tomar conciencia del peligro de sus actos. Dejó caer los brazos a lado y lado del cuerpo y los balanceó suavemente mientras seguía estirando el cuello primero hacia la derecha y luego hacia el lado opuesto, tratando de zigzaguear con la mirada a los viandantes para localizar aquellos ojos claros y aquella barba recortada. Ni rastro, y el condenado perro ladraba cada vez con más insistencia, dando cortos saltitos hacia adelante, para retroceder sobre sí mismo y volver a impulsarse de un ladrido. Callum arrugó la nariz y alzó el mentón para enfocarlo dese la acera frente al departamento de Dredd. – ¿Tu perra también te ha dado plantón, eh? Te entiendo. – Le confesó al animal, alzando algo la voz en vistas de que no había nadie cerca en aquel preciso instante. El animal saltó, seguramente sin entender palabra y quedándose con la idea de que alguien quería jugar con él. El alemán negó con la cabeza y se ajustó las solapas de la americana negra que llevaba sobre una camiseta básica de color blanco.

Volteó sobre sus propios talones en un movimiento más bailarín del que pretendía. Frunció el ceño y se miró los pies durante breves instantes, rememorando el paso que acababa de dar. Asintió para sí mismo y volvió a agarrarse con estilo las solapas de la americana, cruzó las piernas, y las descruzó girando sobre sí mismo. Sonrió y miró a su alrededor como si tuviera unas cuantas chatis a las que enamorar con su nuevo paso de baile. Soltó una pequeña bocanada de aire en forma de suave risa y se planchó el flequillo con la mano justo cuando vio a alguien doblar la esquina. No necesitó más de cinco segundos para reconocer aquella planta y aquel porté. De todos modos, los ladridos in crescendo demostraron que, efectivamente, era el dueño del animal el que se acercaba con falsa parsimonia. Maldito francés tardón. Aguardó a que estuviera a menos de cinco metros y se puso serio de golpe. – Sé que estabas ocupado dejando que una vaca te lamiera el flequillo, pero algunos tenemos cosas que hacer. Sabes que este retraso va a costarte diez pavos más sobre el precio base que acordamos, ¿verdad? Verdad. – Preguntó y respondió imitando su voz con cierta sorna, enarcando una de sus perfiladas cejas juveniles hasta que sobresalió por encima de las gafas oscuras de aspecto retro. Fortalecido por su propio ingenio, hundió las manos en los bolsillos traseros de sus prietos jeans y señaló con el mentón la puerta del departamento.





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Re: Stay out of my shoes if you know what's good for you. | Dredd |

Mensaje por Lincoln R. Dredd el Dom Jul 01, 2012 5:10 pm

- ¿De dónde sacas esto? –Preguntó el editor, regordete y canoso, mordisqueando el ya bien babeado cigarrillo, que, más que humo, exhalaba saliva. Su ingeniosa respuesta fue alzarse de hombros, dando por obvio que, quien investigaba, siempre encontraba. Y si el vejete supiera más cosas de aquel artículo, probablemente soñaría con la fama que el mismo Lincoln no quería tener, porque las fuentes eran más que cercanas al contexto de cada nota periodística que entregaba. En más de una ocasión su perfecta orientación de búsqueda le había llevado a los propios asesinos –en sus reportajes policiales-, aunque él jamás delató a nadie, porque los detectives no le hacían los trabajos a él, no sería al revés.

Al final, en el ascensor de aquel edificio empresarial, guardó su sobre, gordo de una suma suficiente para la semana, y más, si quería, dentro del morral negro, donde las mismas cosas siempre compartían sitio-computadora, grabadora, libreta, lápiz, documentos-. La hora lo apresuró, sin embargo, no lo intranquilizó. Había citado a su fuente más joven para hacía unos dos minutos, y él todavía estaba a unos diez de su departamento.

Suspiró. No era quién para luchar contra el tiempo, y no excusaría su demora, aunque sabía perfectamente que la debía al comprador de su noticia, que intentó persuadirlo para tener una participación fija en el periódico –una discusión mil veces recibida de parte de ese empleador-.

De nuevo resopló, girando en la última esquina, escuchando el ladrido de su perro, que parecía, a sus oídos, más una risa juguetona que secos golpes vibratorios al aire. Una cualidad que sólo él notaba, porque pasaba tiempo con el animal, y a veces hasta oportunidades de creerlo persona tenía. Claro, lo había criado, su conexión era comparable con la hermandad, en especial porque el uno entendía al otro, y Lincoln le transmitía con las órdenes o la mirada, calma suficiente para hacerlo ver como un líder fiable.

Enano, como un moscardón golpeándose contra el techo de la habitación en medio de la noche, irrumpiendo el sueño de alguien que ha corrido cinco triatlones en un día. Así a veces le veía, cada vez que estaba parado frente al edificio pequeño, reclamando, como el insecto acotado, su atención.

No le dijo nada, acostumbrado, desde que nació quizás, a cualquier comentario que intentase atacar sus aspectos físicos o mentales, más entretenido de oírlos que de intentar interpelarlos.

- Silence –Ordenó a la mascota, que en el balcón se exaltaba ahora que veía a su querido amo más cerca de saludarlo, adentrándose en la primera planta, vacía de mundo, pues no le pertenecía a nadie. Las escaleras los llevarían al verdadero hogar de Lincoln. En efecto, el perro se calló.

- A menos que me traigas algo realmente útil, no te pagaré nada más que esos diez pavos que te costaron mis diez minutos de retraso –Aseguró, dejándole espacio para que entrara, y cerrando tras él luego, caminando al balcón para abrir al perro, que reclamó con una mirada su cuota de saludo, recibida en forma de un sacudón en las orejas, suficiente para conmoverlo y satisfacerlo. El animal caminó por la sala, y se sentó junto al sofá, allí se quedó, mirando la escena de su amo y de su invitado.

- Ya seguro sabes que te está saliendo una competencia al paso, aunque te puedo asegurar que es una persona mucho más imprudente -No le gustaba hablar tanto, pero la obligación, el deber de negociar, lo ponía como a aquel presentador dedicado, que no se cortaba con nada porque sabía bien qué iba a soltar su boca para convencer o disuadir.

Calmado avanzó a la cocina, seguido de la cola amarillenta del can, pomposo para caminar. Dejó hervir en paz el agua, y recuperó Callum su atención al minuto de perderla, en la misma sala, ahora ocupando Lincoln el brazo del sofá, para mirarlo desde más abajo, sin miedo a que eso pareciera una sumisión o servilismo. Poco le importaba lo que pensaran de sus acciones.

- ¿Y bien? -Pese a todo, no dejaba de sentirse el poderoso en la habitación, porque, de hecho, bastaba que quisiera abrir la boca para enviar a la mierda a aquel niño. Deseó por unos segundos ser más ruin.

Por su puesto, nadie escuchó su deseo.


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Re: Stay out of my shoes if you know what's good for you. | Dredd |

Mensaje por Callum D. Goebbels el Dom Jul 01, 2012 6:27 pm

Le aguantó la mirada los pocos instantes que Linconl se dedicó a prestarle atención. Esperaba, inutilmente, algo parecido a una disculpa, pero evidentemente ésta no llegó ni llegaría. Tendría que resignarse, ser menor a veces resultaba un auténtico asco. Frunció el ceño ante su saludo y empujó con la yema del dedo índice el puente de las gafas de sol. – Mi información siempre es útil, otra cosa es que sepas sacarle partido. – Respondió con seguridad propia de un adulto. Seguridad mancillada por la vanidad del adolescente que en instantes determinados lograba dominar su boca más allá de lo que su avanzado cerebro dictara decir en cada momento. Sacudió la cabeza y siguió sus pasos para terminar cruzando un departamento en el que había tenido el honor de entrar una única vez previa visita. Calló durante la heroica cruzada, mascando las palabras que no soltaba aún. Las ganas de decirle cuatro amenazas bien dichas, probablemente. Una vez dentro, jugó a repasar el interior de su propia boca con la punta de la lengua, dejando que pasaran unos pocos instantes sin soltar prenda.

Mirando al perro de reojo, escuchó su comentario sobre la competencia y se limitó a emitir como respuesta un par de suaves carcajadas que denotaban lo mucho que le importaba ese tema. A veces a Lincoln se le olvidaba que el joven no vendía información, el adulto la compraba. Que no era lo mismo si lo analizaban desde su perspectiva. Sus caminos se separaron al llegar al salón y Callum se tomó la libertad de acercarse a un mueble de baja estatura. Espiando al adulto de reojo, vigilando que no le mirara cuando se metió en la cocina, abrió el mueble y, desilusionado, descubrió que no se trataba de un mueblebar. Sólo había papeles. Papeles y más papeles por todos lados. Cuando se volteó, volvió a encontrárselo de cara y se limitó a quitarse las gafas del rostro para juguetear con las patillas de las mismas. Las dobló y volvió a abrirlas un par de veces más, teniendo las manos ocupadas en toda ocasión. Sin la medicación de su madre, se mantenía en un estado de notoria ansiedad. Se negó una vez más a sí mismo el ser adicto, pero, evidentemente, lo era. La pregunta de Lincoln lo sorprendió.

¿Y bien qué? No te creerás que voy a soltar prenda así de sencillo. – Soltó un pfff bastante significativo y se rió con cierto atractivo en su comportamiento de niño fingiendo ser adulto. Negó un par de veces con la cabeza y se acercó al otro extremo del sofá para acomodar sus reales posaderas en él, alargando los pies para apoyar sus zapatillas algo desgastadas sobre la mesita de patas cortas sobre la cual se extendían, ¿a qué no lo adivináis? Sí, más papeles. – Hoy es tu día de suerte, Dredd. Me pondré en mi papel de genio de la lámpara y te concederé tres respuestas. ¡Pero! Pero, para ello, deberás formular las preguntas concretas y correctas. Y, cada respuesta, te saldrá por treinta pavos. ¿Trato? – Acomodó las gafas de sol en el bolsillo interior de la americana oscura y tendió una de sus huesudas manos en dirección al periodista, luciendo la mejor de sus sonrisas de chico de negocios.




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Re: Stay out of my shoes if you know what's good for you. | Dredd |

Mensaje por Lincoln R. Dredd el Dom Jul 01, 2012 7:49 pm

No presumió su habilidad para sacar partido a la cosas, a las palabras, cada sílaba, cada fónica de Callum, a la larga, le servía para conocer, aunque fuese, los detalles de cosas fuera de su propio mundo. Y por eso fue capaz de notarle distinto, ansioso, se atrevería a decir, por algo que, si le ponía así las cosas, no le preguntaría.

Antes de pensar en si quiera aceptar la oferta, se puso de pie, dejándole con las palabras al aire, de momento, y con ritual paz, se preparó una taza de té, más nutritiva para su pensamiento que el café, ya que este último lograba, por mucho, ponerlo tenso, demasiado alerta. Soplando, por jugar consigo mismo, el humo de la infusión, retomó su asiento, y miró al genio sin lámpara, acomodado como si él hubiese pagado la inmobiliaria.

Con la mirada buscó su bolso, y dejando el té sobre la mesita de centro, se estiró hacia el dichoso elemento, extrayendo de su interior el gordo sobre, y de allí mismo, el dinero de su ultimo reportaje. No temió pagarle todo, honrado como era, le entregó cien pavos, y bufó.

- Treinta por cada pregunta, diez por hacerte esperar –Dijo, bajo, más para sus adentros, acariciando después a su perro, tomó, también del bolso, la grabadora, y la puso a trabajar.

- No te creas Vito Corleone tampoco, es una investigación humana, no policial, así que, no te preguntaré cosas tan geniales, sólo quiero saber detalles, a lo menos treinta palabras por respuesta, ya que me has salido tan caro esta noche –Aclaró, antes que nada, sospechando que el muchacho pensaba en que las preguntas serían de un valioso contenido para la ley. Falso. Lincoln era por sobre todo un hombre de realidades, y era eso, más que muchas cosas, lo que le gustaba investigar.

- ¿No te asusta la idea de perder tu vida, más allá del latir del corazón, por mantener un negocio que es considerando por la mayoría como un delito necio? –Él era imparcial, ya debía saberlo Callum. No cuestionaría sus respuestas, no expresaría su propia opinión al preguntar, hermético, Lincoln poseía ilimitada objetividad, libre de miedos, sólo tomaba nota del comportamiento del crío, que, mientras redactara su ensayo final, le servirían para deducir cosas que iban mucho más allá de la sinceridad de las notas vocales. Sería la interpretación de un hombre experimentado, práctico, que había visto más que muchos eruditos, porque no se conformaba con creerle a un montón de libros o documentos –de los cuales tenía muchos-.

- ¿Qué ves en las miradas de aquellos hombres o mujeres que te compran? Es decir, ¿Miedo, despreocupación? Supongo que alguna vez te has fijado –No lo creía superfluo, mucho menos se pensaba en posición de suponer. Al final, no se conocían más que por eso, por el comercio de inteligencias, de aprendizajes. Cosas que él no podría experimentar, las podía entender desde la visión de alguien que sí lo hacía.

- Tú mismo, Doc, ¿Qué sientes cuando termina tu día, después de haber fingido, comprado y vendido, sabiendo que al día siguiente volverás a hacer lo mismo? –Y al mismo tiempo se formuló una interrogante poderosa: ¿Era realmente fructífero el producto de ese ciclo como para repetirlo una y otra vez? Si algún día lo veía enfermo, de verdad enfermo, ¿Sería una sugestión de tanto mentirse o de verdad habría un agente asesino rondando su metabolismo?

Su tono, pese a la tranquilidad, no estaba ni cerca de la pereza, más bien ágil, profesional, claro a cabalidad, anotaba cosas diferentes a las que pensaba y las que decía, veloz cerebralmente, si supiera, podría tocar la armónica, la guitarra, y pisar un golpeador con cierto ritmo, todo al mismo tiempo, y con escalas diferentes, si se quiere. La única cualidad que le habría servido, además de su buen pulso, para la medicina, en su tiempo, cuando parecía una carrera aceptable, y no así, anhelada.

Miró al muchacho acodado en su sofá, a los ojos.


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Re: Stay out of my shoes if you know what's good for you. | Dredd |

Mensaje por Callum D. Goebbels el Dom Jul 01, 2012 9:29 pm

Pasaron uno, dos, tres y largos cuatro y cinco segundos antes de que el envalentonado Callum se diera cuenta de que el periodista no iba a estrecharle la mano. Borró momentáneamente la sonrisa de su rostro y fingió haber alargado la mano para alcanzar uno de los cojines que había. En un tonto intento de disimular su fallo épico, agarró un extremo del cojín y lo atrajo hasta agarrarlo entre ambas manos, sobre su regazo. Se quedó callado mientras el adulto se ausentó, y aprovechó aquellos breves instantes para pasear la mirada una vez más por ese salón, tratando de analizar meticulosamente todo lo que sus ojos azules alcanzaban a ver. Nada resultaba banal en el análisis mental, en el perfil que estaba redactando en su mente alterada por la necesidad latente de una droga que no tenía a mano. Se llevó una mano a los labios y mordisqueó sus nudillos con distracción hasta que lo vio volver. Entonces retiró la mano de la boca y cruzó una pierna por encima de la otra, haciéndose el adulto.

Contó el dinero que le tendió, con fingida profesionalidad. Sabía del cierto que no faltaría ni una billete, si ese reportero era algo, ese algo era legal. Demasiado. – Treinta palabras mínimas, garantizado. – Respondió a su oferta, cerrando el trato cuando ya tenía el dinero en su poder. Escuchó ordenadamente las preguntas y ni tan siquiera su don interpretativo sirvió para disimular la sorpresa. No esperaba preguntas de carácter personal, ni hacia sus negocios, y mucho menos a modo de entrevista a una personalidad. Lo miró con los ojos bastante abiertos y los labios prietos, formando una fina línea recta sin una sola imperfección o arruga. Pura seriedad. Tardó unos instantes en recuperar la compostura, si es que logró hacerlo. Posó la vista en frente, dirección a la cristalera que daba al balcón y no se dio cuenta de que su pie empezó a marcarse un repiqueteo, otra vez. Siguió con la mirada perdida en un punto lejano y trató de ordenar las ideas. ¿Qué pretendía con esas preguntas? ¿Entregarlo?

Para cuando se dio cuenta, ya era tarde. Llevaba un largo rato en silencio y en sus pulmones nacieron pinchazos de dolor. Cayó en la cuenta de que llevaba rato conteniendo la respiración. No, Cal, no dejes que vea que tienes miedo. Respira hondo y responde con la mayor indiferencia posible. Tú sabes hacerlo, has hecho creer a psiquiatras que tienes ataques de pánico sin tenerlos. Esto es pan comido. Se dio coraje a sí mismo y relajó los hombros, cruzando las piernas en sentido inverso al que tenía anteriormente. Tomó aire y dejó caer un poco los párpados. – No creo, sinceramente, que mi vida esté en juego por hacer lo que hago. No soy tan idiota, y esa pregunta es insultante, te recomiendo que sólo la uses con profesionales de deportes de riesgo. Yo no hago nada tan peligroso. – Remarcó el tan, jugando a planchar el cojín, evitando mirarlo, con la nariz ligeramente arrugada en señal de que no le había gustado esa pregunta. – ¿Delito? La piratería también lo es, y aún así, de seguro que te has bajado cosas de Internet, ¿cierto? Todo es relativo, son formas de vivir la vida. – Defendió su causa, tenso.

Se puso en pie y ganó unos instantes para hacer memoria de las otras dos preguntas. Sentía la inquietud latiendo en el interior de su pecho, y, de reojo, bajó la mirada para asegurarse que en su camiseta no se notaba ese palpitar metafórico. Inspiró hondamente y se acercó tanto a la vidriera del cristal que su respiración lo empañó. Alzó una mano y empezó a escribir su nombre, ahora exhalando su aliento a drede sobre el cristal para poder finiquitar su obra de arte. – Yo no vendo a mujeres y hombres. Vendo a chicos y chicas, y tampoco es que venda de vender. Diagnostico, aconsejo y medico a cambio de un módico precio. Y, al parecer, no lo hago tan mal. Nadie se me ha quejado, Dredd. – Ignoró la necesidad de voltearse para ver su rostro, siempre impasible, y siguió haciendo dibujitos en el cristal, exhalando su aliento cuando se difuminaba aquella neblina. – Yo les escucho y ayudo, mientras el resto de adultos sólo dicen cosas como 'no llevas razón, exageras, yo a tu edad y madura de una vez'. – Se volteó finalmente, y se cruzó de brazos, apoyando la espalda en el cristal, serio, retador.

¿Qué sintieron Jesucristo o Dalai Lama cuando ayudaban a sus iguales? – Preguntó, sonriendo, vencedor.




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Re: Stay out of my shoes if you know what's good for you. | Dredd |

Mensaje por Lincoln R. Dredd el Dom Jul 01, 2012 11:19 pm

¿Cómo decirle que su descortesía se la debía a la ligera molestia, por la simple exigencia financiera que representaba Callum, actuando como el hijo consentido de un ricachón, dejando fuera que aquello se trataba de negocios? Primero, él no era el padre, y mucho menos era ricachón. Y de no haber estado su perro, tal vez habría sido menos doloroso entregar tanto, pero se culpó deseando la desaparición de su más fiel compañía, recuperando la paz del pensamiento con sólo pensar que el dinero jamás sobraba.

Le creyó con eso de las treinta palabras, y quizás, sólo por joderlo –una mala costumbre que sólo se atrevía a llevar a cabo con sus fuentes- se las cobraría si no las obtenía.

Poco a poco, en vano para Goebbels, Lincoln fue capaz de darse cuenta de las consecuencias de su pregunta, y la ansiedad que había detectado como un soplo del viento, ahora parecía algo más palpable, incluso maleable en la pequeñez total de su departamento. Mas no sintió necesidad de sacárselo en cara, ¿Para qué? No era un torturador, tampoco estaba allí para incomodarlo, y de no ser por la propia actitud del otro, el cuestionario podría haber sido tan fluido como con cualquier otro entrevistado.

¿Y a sus preguntas? Nada, Lincoln ni negó, ni asintió, ni cambió la mirada, como si el muchacho estuviese hablando a otro, muy lejano a él mismo. Nunca le daría su opinión en medio de algo como eso, después, tal vez. Aunque se puede decir que se sintió muy torpe al pensar en que, en realidad, todo lo pagaba desde que dejó la universidad. Podía darse el lujo de financiar a los autores, y no los defraudaría, porque él mismo se sentiría mal si alguien simplemente tomase su trabajo, sin al menos, darle algo de crédito –por más maduro que pudiese ser-.

Lo siguió con la mirada, sin molestarle que se moviera por su hogar, en realidad, hasta le agradaba ver a otra alma allí, para variar, aunque ahora fuese un elemento de su trabajo, no podía negar que Callum también le provocaba cierta familiaridad, por más distante que fuese, le trataba como igual, y no superior, y si era como inferior, poco le interesaba, seguro de que jamás sería menos que nadie, y quizás, tampoco más.

Tras cada palabra había algo diferente, Lincoln percibía un sentido de lo humano más rebuscado para cada cosa, un porqué a todo, para excusar tal vez la labor del chico con los medicamentos, que sin ser algo muy terrible, se alejaba de la legalidad, y eso era lo que contaba a esa altura en el mundo. Al menos para la gente común.

- Que atendían a la voluntad de un alguien supremo, Jesús… y Dalai Lama, que atendía a la problemática común humana –Respondió, sin hallar caso a la sonrisa vencedora del otro, porque no lo compararía jamás con Cristo o Dalai Lama. No dijo nada en unos minutos, sin detener la grabadora.

- Ninguno de los dos vendía para conseguir lo que tenían, ambos arrastraron una cruz, física o no, ¿Cuál es tu cruz? ¿De dónde piensas sacar un Nobel? ¿Qué tan grande es tu sacrificio? ¿El dinero es parte del sufrimiento? –Aunque no le desafió con sus preguntas, sí pretendió hacerle plantear algunas cosas en su cabeza, porque no le gustaba esa arrogancia vacía, según él.

- Estarías en la misma categoría que los inventores de computadoras, o más bien, que cualquier empresario -Se puso de pie, tranquilo, agarrando su taza de té, bebiendo la mitad enseguida. Suspiró luego.


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