Never seen a girl that 's so jolie. All I want is you, you're ma cherie. | Cheese |

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Mensaje por Callum D. Goebbels el Dom Jul 01, 2012 7:22 pm

Su cuerpo empezaba a denotar los síntomas típicos de esa enfermedad tan común que prácticamente todos los chicos pasan al menos una vez en su vida. El cuerpo bañado en sudor, un fuerte olor a humanidad, la sed incesable de alcohol, las convulsiones que lo poseían cada vez que la música sonaba por encima de los decibelios recomendados por los doctores de cualquier centro médico, ganas de comerse el mundo y a alguna que otra chica que cometía el error de arrimarse más de la cuenta. Sí, Callum estaba enfermo, y su enfermedad era llamada comúnmente como Adolescencia. Como cualquier persona de su edad, Callum tenía el derecho a desfasarse un viernes por la noche. Y así lo hacía. Brincaba junto a toda aquella masa sin personalidad, alzando los brazos en alto y marcándose unos pasos la mitad de los cuales le salían con nula coordinación por culpa de la cantidad de alcohol ingerida. A decir verdad, tampoco había bebido tanto, pero Dios -y algún que otro médico- sabe lo que sucede cuando mezclas medicamentos psicóticos con alcohol. Y, sí, Callum se chutó no una sino dos pastillas.

La música golpeaba sus oídos, haciendo que sus sentidos se desorientaran. Oh, sí, la orgásmica sensación de estar justo en el ojo del huracán y dejarte llevar por el remolino que, de vez en cuando, cuando alguna gorda no pisaba firmemente, te golpeaba y desequilibraba. Tal cual aquella chica tropezó y se le vino encima, alargó los brazos y la devolvió de un empujón al lugar del que había venido justo antes de aullar en dirección al alto techo de la discoteca mientras estiraba los puños bien arriba y brincaba como si la vida le fuera en ello. Al día siguiente ni recordaría la música que habían pinchado, pero por el momento se limitaba a intercalar sus brincos con acercar el rostro al de una rubia algo más alta que él, cantando a gritos la canción en su cara y siendo gritado del mismo modo entre risitas que coreaban las amigas de la chica. Pequeños perdigones de saliva escapaban anhelantes de su boca, buscando encontrar los labios de ella mientras, sin saber cómo, una botella de cerveza llegó a su mano. No se molestó a mirar el mecenas que lo había apadrinado, se limitó a dar otro largo trago sin importarle si alguien se había meado en esa botella o escupido. Lo único que importaba, e importaría esa noche, era olvidar.

Lo estaba dando todo, sin tener ni la más remota idea de dónde había perdido la cordura o de en qué momento dejó la dignidad abandonada en un rincón. Seguramente el gorila de la puerta no la habría dejado entrar. Sin darse cuenta, volvía a estar brincando sin que el ritmo cardíaco acompañara las ganas de marcha. Sí, estaba hiperactivo. Sus extremidades se movían sin ningún sentido, completamente a su bola del resto del cuerpo y de la música, y bien parecía que le había dado algún tipo de ataque. Volvió a gritar, eufórico, y trató de arrancarse la camiseta que llevaba puesta, con cuello de pico. Evidentemente, sólo logró deformarla, armar barullo y que uno de los guardianes de la noche lo acompañara en dirección a la salida para que le diera un poco el aire. Sin apenas darse cuenta, acabó en la calle, desorientado, con las gafas de sol puestas de mala manera, con una patilla por encima de la oreja, y totalmente sudado. Siguió moviéndose solo, sin ser consciente de que ya no estaba dentro del local. De repente, tras el auge de adrenalina, un retortijón en la boca del estómago que ascendió por dirección a su garganta como lo hacían los volcanes de la clase de ciencias cuando le echabas bicarbonato y vinagre. Escondió medio cuerpo entre unos grandes contenedores de acero y arqueó todo lo que pudo la espalda, purificándose.




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Re: Never seen a girl that 's so jolie. All I want is you, you're ma cherie. | Cheese |

Mensaje por Calista D. Baker el Dom Jul 01, 2012 8:22 pm

Las veía reír y no entendía el motivo. Las lágrimas de alegría corrían veloces por las mejillas de sus compañeras mientras por las suyas, en cambio, lo único que corría era un intenso río de pecas. Nada más. La sonrisa impertérrita de la joven pelirroja llevaba torturando sus labios toda la noche, es decir, una hora y media en la cual Calista se había tomado un par de cervezas, acompañadas de demasiadas aceitunas y guindas provenientes de los fieles e inseparables amigos de sus colegas: los cócteles. Estaba sentada en un taburete con las piernas cruzadas, balanceando la pierna situada con encima muy despacio, de manera que fuese imposible darle una patada a alguien. A su lado estaba la preciosa Lorna, una morena de ojos azules que guardaba en su escote unos pechos demasiado grandes si se comparan con el tamaño de su cerebro, claramente inversamente proporcional. Precisamente por eso le caía bien a Cheese: porque su clara ausencia de inteligencia la ayudaba a entenderse a la perfección con la pelirroja, que pecaba de inocente pero no de tonta y que aprovechaba cualquier comentario ignorante por parte de la morena para sonreír y echarle un cable. En eso se basaba su existencia: en anteponer la felicidad ajena a la propia y en reducir forzosamente su cociente intelectual para intentar encajar en un grupo cuya máxima aspiración era echar un polvo un Viernes noche. ¿Y qué más daba? Calista se lo estaba pasando bien incluso cuando la tensión sobre sus fosas nasales se acentuaba. Cada vez la barra empezaba a oler más a alcohol debido a que la gente que a ella acudía derramaba más líquido del que bebía, y todo por culpa de un pulso inestable que causa más pesadillas que alegrías. ¿Qué placer encontraba la gente en la bebida? Para la depresión están las pastillas y para la diversión la buena compañía, pensaba la joven.

Podía ver perfectamente al resto de sus amigas en la pista, contoneándose contra cuerpos sudorosos de entrepiernas aún más alteradas. Todas iban vestidas más o menos de la misma forma: vestidos elásticos ajustados con bragas a juego para disimular el hecho de que estuviesen enseñando más de la cuenta, tacones con más altura que seguridad y capas y capas de maquillaje que debían estar asfixiándolas poco a poco. Calista se echó un vistazo a sí misma y reconoció los ajustados pantalones negros de Lorna, los tacones asesinos de Beth y la blusa de encaje de Stacy. La única señal de que debajo de toda aquella ropa había carne era la espalda abierta de la blusa y el cuello de la muchacha, que le guiñó un ojo a Beth cuando ésta le dirigió una mirada entusiasmada. Parecía estar gritándole a un chico, aunque por el movimiento de los labios y sus contracciones faciales supuso que no era una discusión, si no más bien una especie de conversación con ritmo. Ahora lo entendió: estaba cantando. Cheese puso los ojos en blanco y se giró hacia Lorna. ¿Con qué se encontró? Con una despeinada melena cobriza que se inclinaba sobre su amiga. Le estaban comiendo la boca, no sabía si literalmente, pero al menos sí en apariencia. No dudó en hacerse con su bolso, pagar la última consumición e intentar salir del local sin perder los dientes por culpa de aquellos tacones poseídos por el mismísimo Satán.

Fue una vez hubo salido del local y sentido el fuerte golpe de la gélida brisa nocturna cuando se prometió a sí misma dos cosas: la primera era no dejar que ninguna de sus compañeras le dijese cómo vestir y la segunda, dejar de pretender que entiende a los adultos y a las mujeres de su edad y aceptar que está hecha de otra pasta. La pasta propia de la inmadurez infantil. Halagos groseros propios de los trabajadores de una obra llegaron a sus oídos desde una esquina. Cheese espió a través de su maraña de pelo color fuego de quién provenía y vislumbró bajo la luz de una farola a un grupo de moteros que rondarían los cuarenta o cincuenta: algunos calvos, otros con barba, pero eso sí; todos con ambos brazos repletos de múltiples y coloridos tatuajes. Calista alzó el mentón para saludarlos, les sonrió y se dio la vuelta, emprendiendo el camino de vuelta a casa.

Primero un derrape y luego un golpe seco acompañado de un quejido. Calista se inclinó hacia un lado para palparse la tela del pantalón que cubría sus nalgas. Efectivamente, se había hecho daño. Miró a sus espaldas. Nadie había visto su resbalón y posterior caída. Los tacones no estaban hechos para ella, y unos pantalones tan ajustados mucho menos. ¿Cómo se suponía que una persona podía moverse teniendo sus piernas embutidas en algo tan estético y a la vez tan ortopédico? Emitió de nuevo otro quejido y sus facciones se contrajeron en un gesto de dolor. Se había partido el culo casi literalmente. A pesar de todo, el sonido de un vómito a su derecha llamó la atención de la pelirroja, que giró su cabeza con interés, clavándola en la espalda de aquel muchacho que parecía poner todo su esfuerzo y ganas en expulsar todo lo que albergaba su estómago, y más. No necesitó ni demasiada luz ni demasiado tiempo para reconocer aquel perfil que se alzaba de vez en cuando debido a las convulsiones propias del vómito. Era él, sin duda.
- Callum, por el amor de Dios, ¿en qué diablos estabas pensando?- espetó meneando la cabeza, levantándose a duras penas después de haberse descalzado y acercándose al moreno sin dudar. No importaba lo mucho que oliese a alcohol, tampoco el hedor que escupiese al asfalto tras haber recibido la bienvenida de la última cena del muchacho; Cheese se acercó a él, colocó una mano sobre su frente y la restante sobre sus hombros y se los frotó con cuidado, chasqueando la lengua.



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Re: Never seen a girl that 's so jolie. All I want is you, you're ma cherie. | Cheese |

Mensaje por Callum D. Goebbels el Mar Jul 03, 2012 8:00 am

Arqueaba el cuerpo hacia adelante lo más que podía, estirando el cuello con la torpeza del ebrio para no acabar ensuciándose las zapatillas. Golpeó con las palmas de las manos la chapa metálica abollada de aquellos contenedores y una nueva arcada cruzó su cuerpo, haciéndolo expulsar un poco más de su pútrida alma por la boca. Un leve mareo lo sumía en un trance incómodo, mientras que el hedor a su propia humanidad azotaba su rostro descompuesto por el ardor que nacía en su estómago. Como si se creyera una de esas estatuas romanas que decoraban los estanques, estiró la pierna derecha hacia atrás y se balanceó sobre una sola pata mientras escupía, tratando de eliminar aquel horrible sabor de su boca. Un hilo de saliva patinaba por su mentón y se perdía entre los restos de despojos del suelo. Cerró los ojos con fuerza, aunque realmente, vio lo mismo que estaba viendo nada. El tener las gafas mal colocadas le impedía ver nada, a decir verdad. Sentía como si cien gamberros le estuvieran golpeando el estómago y estrujando sus entrañas. Tosió un poco y, entonces, una mano de ángel se posó sobre su frente y le impidió seguir convulsionándose bajo riesgo de acabar mandando las gafas a volar.

No, efectivamente, no había escuchado su nombre ni tampoco ninguna otra palabra que la chica hubiera pronunciado antes de acercarse. En su cabeza aún retumbaba una melodía desenfrenada que le mantenía la marcha en el cuerpo. Quería bailar, seguir saltando y brincando hasta caerse con las piernas desfallecidas. Agotarse. Pero, como era bastante evidente, no podía ni tenerse en pie apenas. Sentía que una mano le frotaba los hombros y la otra sujetaba su frente, así que, a la que pudo, volteó el rostro con evidente rastro de irresponsabilidad, y se la quedó mirando mientras acumulaba saliva para escupir a un lado. Logró poner recta la espalda y enfocó dirección al cielo, abriendo mucho la boca para dar una profunda bocanada que lo llenó por dentro y desentumeció sus pulmones. Tosió de nuevo y, esta vez, se rió. Perdió el equilibrio pero se sujetó antes de que ella volviera a sujetarlo. Alargaba una mano en dirección a ella, con los dedos extendidos y tiesos, pero no como petición de acercamiento sino como barrera espacial. No necesitaba su ayuda. Intentó no ahogarse con su propia respiración y tosió una vez más antes de darse cuenta que las gafas casi estaban situadas sobre la punta de su nariz. De un manotazo en su propia cara, se las recolocó, ocultando unos ojos que no podían mirarla directamente. Era como su propia Medusa. Una Medusa hermosa de rostro pecoso y hebras color fuego.

Tú no. Vete. – Murmuró a media voz, con la afonía de alguien que lleva horas tratando de imponer sus cánticos a los altos decibelios de los altavoces de la discoteca. Siguió tendiendo el brazo agresivamente hacia ella, para que no se acercara. Lárgate. Haz que no me has visto. Llevo demasiado tiempo evitándote para que aparezcas ahora, estúpida. Perdió el equilibrio de nuevo y esta vez cayó contra uno de los contenedores, acabando sentado con una pierna estirada y la otra doblada. Cerró los ojos con fuerza, ignorando la gravedad inexistente del golpe que se había dado en la nuca al caer contra aquella dura y sucia superficie. – ¿Qué haces aún ahí? – Dijo sin vocalizar demasiado, enfocando el rostro hacia ella pero con los párpados bajados tras las opacas gafas negras. Se rió de golpe, limpiándose de nariz en abajo con la manga. – Qué tonto. Olvidé que tienes complejo de Madre Teresa. – La risa se le prolongó durante los siguientes segundos, primero como una risa seguida, casi infantil, pero con el paso del tiempo perdió fuerza y acabaron siendo carcajadas sueltas e intercaladas con incómodos silencios. Dejó que la brisa fresca de la noche azotara su rostro y disfrutó de la sensación de la piel sudada helarse con la temperatura exterior. Se quedó callado, ignorando los retortijones internos y acidez estomacal. Alzó los párpados y buscó el cielo con cierta necesidad. – ¿Hay estrellas? – Preguntó. Él no vería ni su reflejo en un espejo.




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Re: Never seen a girl that 's so jolie. All I want is you, you're ma cherie. | Cheese |

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